Durante los nueve días anteriores a la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen (8 de diciembre), podemos preparar con ilusión esta fiesta tan grande.
En esos días es importante que tú te acuerdes de Ella, la trates más, y la imites mejor, ofreciéndole cada día algo que le pueda agradar.

“Quien deja entrar a Cristo en su propia vida no pierde nada, nada absolutamente de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esa amistad se abren las puertas de la vida” (Benedicto XVI)

- 30 XI - 6XII y 8 XII (A las 20.30 h) : Iglesia Buen Suceso, c/ Princesa, 43 - Madrid

- 7 XII (A las 20.00 h) : Vigilia en la Catedral de la Almudena, c/ Bailén, 10 - Madrid

 

30 de noviembre: Lc 1, 26-38
“He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”
Todos los días, al rezar el Ángelus, recordamos a nuestra Madre este momento: el de su vocación. Ella supo responder con prontitud a la llamada de Dios poniéndose a su disposición, encantada de ser la esclava del Señor. Y gracias a Ella, el Hijo de Dios habitó entre nosotros.
Al empezar hoy la Novena de la Inmaculada, podemos dar gracias a nuestra Madre, y pedirle que nos ayude a decir siempre que sí a lo que Dios nos pida.
1 de diciembre: Lc 1, 39-45
“Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña…”

En cuanto la Virgen supo que su prima Isabel podía necesitarla, se marchó deprisa a su casa, para ayudarle. Enseguida se dio cuenta que, para ser esclava del Señor, tenía que ser también esclava de los demás.
Hoy podemos pedir a la Virgen que nos enseñe a servir a quien nos necesite: ayudar en casa, cumplir los encargos, rezar por los necesitados… Así estamos diciendo que sí a lo que nos pide Dios.
 
 
2 de diciembre: Lc 2, 1-7
“Y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada”
Dentro de poco celebraremos la Navidad. Y querríamos que esta vez la Virgen y San José sí que encuentren por fin un sitio para que nazca Jesús. Vamos a ofrecerles nuestro corazón. Y vamos a pedirles que nos ayuden a prepararlo: que Jesús lo encuentre bien limpio y bien preparado, que se sienta a gusto cuando llegue.
Y no sólo en Navidad, sino todos los días: que sepamos siempre tratar bien a Jesús.
Así le rezaba San Josemaría: “Señora, Madre nuestra, el Señor ha querido que fueras tú, con tus manos, quien cuidara a Jesús: ¡enséñame -enséñanos a todos- a tratar a tu Hijo!” (Forja, 84)
3 de diciembre: Lc 2, 34-35
“Una espada traspasará tu alma” (Lc 2, 1-7)
Cuando Jesús tenía 12 años, fue con María y con José al Templo de Jerusalén. Y allí se les acercó el anciano Simeón, un hombre bueno, que anunció a María que había de sufrir mucho. La Virgen no se asustó: estaba dispuesta a sufrir lo que hiciese falta, si era para poder amar más a Dios.
También en esto tendríamos que imitar a nuestra Madre. Y pedirle que nos ayude a ser fuertes: que no nos importe sufrir, sacrificarnos un poco, cuando haga falta, si es para amar más a nuestro Jesús.
 

4 de diciembre: Lc 2, 36-49
“¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”
Después de aquella visita al Templo, cuando sus padres ya se volvían, Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supiesen. Cuando al fin lo encontraron –después de tres días perdido– Jesús les explicó que Él tenía que obedecer sobre todo a su Padre Celestial.
Hoy pedimos a la Virgen algo tan sencillo como eso: que nos enseñe y nos ayude a obedecer siempre a nuestros padres, aunque a veces nos cueste. Así cumpliremos bien la voluntad de Dios.
 

5 de diciembre: Lc 2, 50-51
“Guardaba todas estas cosas, ponderándolas en su corazón”.
La Virgen recordaría durante toda su vida las cosas que había vivido con Jesús. Y pasaría muchos ratos pensando en Él, diciéndole con el corazón tantas cosas…
Hoy podemos pedir a la Virgen que nos enseñe a hablar con Jesús. Que sepamos encontrarle en nuestro corazón, para hablarle, para pensar en Él y para que así crezca cada día nuestro amor a Dios.
Le rezamos hoy, como le rezaba San Josemaría: “No me dejes, ¡Madre!: haz que busque a tu Hijo; haz que encuentre a tu Hijo; haz que ame a tu Hijo… ¡con todo mi ser!
-Acuérdate, Señora, acuérdate”.  (Forja 157)
 

6 de diciembre: Jn 2, 1-12
“Haced lo que él os diga”.
El primer milagro que hizo Jesús en la tierra, lo hizo porque se lo pidió su Madre. Porque Jesús siempre escucha lo que su Madre le pide. Por eso también nosotros acudimos a Ella en todas nuestras necesidades. Y le decimos muchas veces: pide a Jesús, de mi parte…
Hoy nos fijamos en lo que Ella dice: Haced lo que Él os diga. Y le pedimos que nos ayude a cumplir siempre la voluntad de Dios: Madre mía, pide a Jesús de mi parte, que yo sepa siempre cumplir su Voluntad.
 

7 de diciembre: Lc 11, 27-28
“Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.
La Virgen es Bienaventurada porque llevó en su cuerpo a Jesús. Pero sobre todo, es Bienaventurada porque guardó su palabra en el corazón. Así nos lo explicó el Señor: Dichosos lo que escuchan la palabra de Dios y la guardan.
Para imitar a la Virgen, podemos leer cada día un poquito el Evangelio. Así, la palabra de Dios se irá quedando poco a poco en nuestro corazón: aunque a veces no lo entendamos del todo, leerlo todos los días nos ayudará a conocerlo bien, y guardaremos en el corazón la Palabra de Dios.
Le pedimos hoy a la Virgen que nos enseñe y nos ayude a escuchar la palabra de Dios y a guardarla en el corazón: a amar el Evangelio.
 

8 de diciembre: Jn 19,25-27
“He ahí a tu madre”.
Y por fin llegó la fiesta grande de la Virgen, que hemos procurado preparar con tanto cariño durante los últimos nueve días. Hoy felicitamos a nuestra Madre por su fiesta: Madre mía: ¡Muchísimas felicidades!
Cuando Jesús estaba en la Cruz, a punto de morir por nosotros, miró a San Juan, que estaba con la Virgen al pie de la Cruz, y le dijo: Ahí tienes a tu Madre. Desde entonces, el discípulo la recibió en su casa.
Desde hoy, también nosotros queremos recibirla en nuestra casa. Y no sólo en nuestra casa, sino en todo lo nuestro: que esté con nosotros en casa, en el colegio, en la calle y en todas partes.
Madre mía, no nos dejes nunca.